Mientras la administración Trump desmantela las normas e incentivos para los autos eléctricos, llamándolos una “estafa”, China consolida su dominio mundial.

La llegada de Donald Trump nuevamente a la Casa Blanca, en enero de 2025, marcó un giro exabrupto en la política automotriz de Estados Unidos. En cuestión de semanas, su administración desmontó buena parte de las regulaciones e incentivos que habían sido creados durante el gobierno de Joe Biden para acelerar la transición hacia los vehículos eléctricos.

Trump presentó estas medidas como el final de lo que llamó la “nueva estafa ecológica”, una frase con la que apuntó directamente a los esfuerzos por reducir las emisiones del transporte. Y es que durante el mandato de Biden, el gobierno estadounidense había apostado fuerte por electrificar el parque automotor.

En tal sentido, se ofrecieron incentivos a los fabricantes para abandonar de forma progresiva los motores de combustión y se promovieron ayudas directas para que los ciudadanos optaran por carros eléctricos, considerados más limpios y compatibles con los objetivos climáticos. Todo ese esquema fue revertido por Trump apenas asumió el poder.

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Eliminación de incentivos

Entre las decisiones más significativas estuvo la derogación de una orden ejecutiva que establecía que el 50 % de los autos vendidos en Estados Unidos para 2030 debían ser eléctricos. A esto se sumó la congelación de miles de millones de dólares destinados a la construcción de infraestructura de recarga en todo el país y la eliminación del crédito fiscal de 7.500 dólares para quienes compraran vehículos eléctricos.

Al mismo tiempo, el nuevo gobierno redireccionó fondos que antes iban a programas de energía verde hacia el petróleo y el gas. Trump justificó estas medidas asegurando que las normas ambientales estaban asfixiando a la industria. En una reunión con ejecutivos del sector automotor en el Despacho Oval, afirmó que las “absurdas normas sobre emisiones de los tubos de escape” estaban “matando” al negocio y encareciendo innecesariamente los autos, lo que, según él, perjudicaba a los consumidores.

El cambio regulatorio también impactó directamente en los estándares de eficiencia. Tras los recortes, los autos vendidos en EE.UU. pasaron a exigir un rendimiento promedio de unas 35 millas por galón, es decir, alrededor de 56 kilómetros, muy por debajo de las 50 millas por galón que establecían las normas impulsadas por Biden para los modelos fabricados entre 2022 y 2031. Para Trump, esto abría la puerta a carros más baratos; para sus críticos, significó un retroceso tanto ambiental como económico.

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Fuertes críticas

Desde el huestes demócratas, las reacciones fueron duras. El gobernador de California, Gavin Newsom, acusó al presidente de favorecer a la industria petrolera y afirmó que estaba “dando a sus grandes donantes petroleros exactamente lo que quieren: menos protección para los consumidores y mayores beneficios para los contaminadores”.

Newsom recordó que, según estimaciones de la Administración Nacional de Seguridad Vial de Estados Unidos, NHTSA, las normas de eficiencia que fueron eliminadas habrían reducido el consumo nacional de combustible en unos 70.000 millones de galones al año, equivalentes a más de 265.000 millones de litros.

Las críticas también llegaron desde la comunidad científica. Steven Higashide, director del Programa de Transporte Limpio de la organización Union of Concerned Scientists, advirtió que debilitar las normas de ahorro de combustible terminaría elevando el precio de la gasolina.

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Gasolina más cara

“La contaminación de los vehículos estadounidenses y la dependencia del petróleo han disminuido, y los conductores pueden ahorrar dinero eligiendo vehículos más eficientes”, señaló en un comunicado. Según Higashide, medio siglo de regulaciones más estrictas permitió ahorrar a los conductores más de 5 billones de dólares, además de mejorar la calidad del aire y reducir la exposición a crisis del mercado petrolero.

Mientras Estados Unidos daba marcha atrás, China avanzó en sentido contrario. Para Ben Scott, director de Demanda Energética del centro de estudios climáticos Carbon Tracker, la decisión de Trump fue “una clara victoria” para la industria petrolera estadounidense, pero “una victoria aún mayor para China”, porque alejaba a Estados Unidos de la transición hacia los eléctricos.

Las cifras respaldaron esa lectura. En 2024, cerca del 20 % de los autos vendidos en el mundo fueron eléctricos, un salto del 25 % frente a 2023. De los 17 millones de vehículos eléctricos comercializados ese año, 11 millones se vendieron en China, frente a unos 1,6 millones en Estados Unidos. Casi la mitad de las ventas internas de autos en China fueron eléctricas, mientras que en el mercado estadounidense apenas rondaron el 10 %.

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China y su hegemonía

El liderazgo chino se explicó, en buena medida, por los fuertes incentivos estatales que redujeron los costos de producción y permitieron que muchos eléctricos fueran más baratos que los modelos a gasolina dentro del país. En contraste, las políticas de Trump ataron a los fabricantes estadounidenses a una tecnología que muchos expertos consideran obsoleta. “En lugar de comprometerse plenamente con el futuro”, Estados Unidos quedó anclado al motor de combustión, señaló Scott.

Las consecuencias no tardaron en verse. Ford, uno de los gigantes históricos del automóvil estadounidense, anunció que abandonaba sus planes de electrificar los vehículos de mayor tamaño y que concentraría sus esfuerzos en camionetas a gasolina e híbridas, una decisión directamente relacionada con el nuevo marco regulatorio.

Aunque China enfrentó un problema de exceso de oferta de vehículos eléctricos, agravado por los aranceles impuestos por Estados Unidos y la Unión Europea, Scott sostuvo que estos modelos más baratos terminarían llegando a los mercados del Sur Global. A su juicio, el proceso no tenía marcha atrás: “El cambio a los vehículos eléctricos es inevitable en todas partes”.

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Paola Reyes Bohórquez. Con información de DW.