La movilidad de Europa se transformaría. Todo se debe a la adición de una nueva luz a los semáforos para mejorar el tráfico.
El futuro de la movilidad urbana podría estar más cerca de lo que parece, y no precisamente por un nuevo carro, sino por un cambio en algo tan cotidiano como los semáforos. Investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte han planteado una solución innovadora: incorporar una cuarta luz, de color blanco, a los tradicionales sistemas de señalización vial.
Esta propuesta, conocida como “fase blanca”, no busca reemplazar las luces actuales: verde, amarillo y rojo, sino complementarlas en escenarios donde los vehículos autónomos tengan una presencia significativa. La clave del sistema está en la conectividad. Gracias a comunicaciones inalámbricas entre los carros sin conductor y la infraestructura vial, los semáforos podrían detectar cuándo hay suficientes carros autónomos en una intersección para activar esta nueva señal.
Cuando la luz blanca se encienda, enviará un mensaje claro a los conductores humanos: deben seguir el comportamiento del auto que tienen delante. En otras palabras, serán los propios carros autónomos los que, coordinados entre sí, gestionen el flujo del tráfico en tiempo real, reduciendo la necesidad de depender de los ciclos tradicionales del semáforo.

Tráfico más fluido
Este enfoque abre la puerta a una gestión mucho más dinámica de las intersecciones. En lugar de esperar turnos fijos, los automotores autónomos podrían optimizar los cruces de forma continua, adaptándose al volumen de tráfico en cada momento. Para los conductores tradicionales, el cambio sería mínimo en términos de comportamiento, pero el impacto en la fluidez del tráfico podría ser considerable.
De hecho, las simulaciones realizadas por los investigadores muestran resultados bastante llamativos. Con apenas un 10% de vehículos autónomos circulando, los trancones podrían reducirse alrededor de un 3%. Si esa proporción aumenta al 30%, la disminución de la congestión podría llegar hasta un 11%. Pero lo más interesante aparece en escenarios con alta adopción de esta tecnología, pues la reducción del tráfico podría acercarse a cifras cercanas al 90%.
Otro punto clave del sistema es su flexibilidad. Si en una intersección predominan los vehículos convencionales, el semáforo simplemente vuelve a su funcionamiento habitual. Esto garantiza que la transición hacia esta tecnología sea progresiva y no genere conflictos en entornos donde los carros autónomos aún no son mayoría.

Eficiencia en las vías
Además, los investigadores destacan que incluso en situaciones donde se pierda la conexión con el semáforo, los carros autónomos podrían seguir coordinándose entre ellos, manteniendo cierto nivel de eficiencia en la circulación. Sin embargo, no todo es tan sencillo como parece. El principal obstáculo para implementar este sistema a gran escala es el costo.
Adaptar la infraestructura urbana y las carreteras para soportar esta tecnología requeriría inversiones significativas. Por esa razón, los expertos sugieren comenzar con pruebas en entornos controlados como puertos, campus universitarios o zonas logísticas, donde el tráfico es más predecible y fácil de gestionar.
Paola Reyes Bohórquez.






